por Zedekiel


Soplan vientos de cambios, a favor, en contra, de todos los sectores…, se avecinan tormentas de toda clase y se experimentan cambios, superficiales, aparentes y otros profundos…
“La historia que cuentan los historiadores, musicólogos y biógrafos sobre mi vida, es tan incompleta como la de ellos mismos, pero en fin…, empecemos con esta singular tarea que te has echado encima.”- Así de ácido sonó Wolfgang Amadeus Mozart cuando empecé a contarle que quería conocer su vida de su propia boca, por así decirlo.
Si tuviéramos que elegir algunos de estos tres verbos para definir los actos y actitudes con que hemos llevado acabo en nuestra vida, ¿con cuál de ellos nos quedaríamos?
Un grupo de gente iba caminando hacia el río. Era una especie de procesión. Me acerqué a una mujer y le pregunté hacia dónde iban. Ella me respondió que se dirigían a la casa del río, había una ceremonia de sanación. Me dijo algunas otras cosas que no comprendí bien. De todos modos me uní a la procesión. Cuando llegamos había mucha gente. Todos alrededor de la casa, haciendo un abrazo colectivo. Otros caminaban por el patio. Era una bonita casa. Todos hablaban del maestro, del chamán que estaba sanando a la casa. Yo quería encontrarlo y escuchar su palabra, había muchas versiones de él. Las señoras hablaban con devoción, los hombres con respeto, otros le temían. Cada cual ve lo que puede, pensaba yo, mientras seguía mi recorrido por el lugar. De pronto, en uno de los patios estaba el hombre sentado, hablando con las personas que se le acercaban. Yo también me acerqué y quise escuchar su palabra. Pero alguien me dijo que él no era, sino que estaba más allá y me señaló a un muchacho de unos veinte años que estaba solo sentado frente a un fogón. Cuando me di vuelta para ver quién me hablaba, no vi a nadie. Me acerqué al fogón y me senté junto a él. Su aspecto era de un joven, pero su mirada era de un hombre de setenta años. Había cierta tristeza e indiferencia en sus ojos. Le pregunté qué hacía. Él me respondió que estaba curando la casa. El fogón era tan sólo de brasas y había un tronco cerca que hacía humo. El me explicó que ese humo era el que curaba la casa. Pero nadie le prestaba atención, todos estaban pendientes del hombre que hablaba en el patio con aires de iluminado. Yo le pregunté por qué. Él simplemente se encogió de hombros y sonrió. Seguimos hablando del fuego y los espíritus del río, de la casa y de la maldición que pesaba sobre ella, de la necesidad de curar esa herida que en algún punto también nos afectaba a nosotros.
El camino de la serpiente lo llevó hasta la cima de la montaña nuevamente. ¿Cuántas cumbres habría que escalar para alcanzar la verdad? En realidad no sabía dónde estaba porque de pronto el paisaje se llenó de nubes, primero debajo de él, como una especie de mar que luego fue avanzando hasta cubrirlo todo. En vano intentaba disiparla con sus manos, siempre regresaba esa niebla tan blanca como espesa para sumirlo en un océano inmaculado. Ni siquiera alcanzaba a verse los pies. ¿Dónde estaba? ¿Estaría al borde del abismo? ¿Caería de un instante a otro en el vacío? Como en una especie de noche blanca, caminó interminablemente hasta sentir que se elevaba, que sus pies no tocaban el suelo y ante sí las nubes comenzaban a ceder... Entonces, como una aparición majestuosa, tuvo ante sus ojos el paisaje de una laguna, y en el centro una grulla sostenida sobre una pata mirando hacia una caverna de hielo, con una tranquilidad que hubiera destruido cualquier pensamiento.